jueves, 9 de septiembre de 2010

Voces



Cayó. Despertó de golpe, de un solo golpe, después de caer en el vacío de sus sueños. Fue entonces cuando escuchó una de sus múltiples voces, tal vez, y siempre tal vez, la que más le gustaba. Sin duda era la más íntima, la que hacía que se sintiera el más afortunado de todos los hombres que pisaban la tierra.
Era esa voz con la que dejaba que lo amase, sin importarle los minutos y las horas que pudiesen pasar, sin importarle nada más…
Siguió escuchando la voz e intentó reconstruir alguna de las frases, en su día imborrables, y fue entonces, cuando se dio cuenta de que había empezado a olvidarlas. Efectivamente, la voz seguía allí, con él, sin separarse de sus oídos, pero ya no le decía nada. Parece que sólo estaba allí para hacerle sufrir, para demostrarle otra vez que ella se había marchado para no volver y que hacía tanto tiempo de eso, que además de no recordar las frases, no recordaba bien sus caricias. Tan sólo podía recordar el sentimiento de plenitud y entrega junto a ella.
Ella sería capaz, sí, capaz de devolverle todo aquello, que poco a poco, se había ido dibujando con pan de oro en su pecho y que caía a velocidad atroz cada vez que su voz aparecía para no decirle nada.

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